’ El que pierda su vida por mí, la encontrará ’


"No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz"

| Agencia de noticias Plata Pura | Desde guerrerohabla.com

’ El que pierda su vida por mí, la encontrará ’

Religión

Julio 12, 2020 23:34 hrs.
Religión Internacional › México
Agencia de noticias Plata Pura › guerrerohabla.com

La Palabra de Dios

Lunes 13 de julio 2020

Primera lectura
Is 1, 10-17
Oigan la palabra del Señor, príncipes de Sodoma;
escucha la enseñanza de nuestro Dios, pueblo de Gomorra:
’¿Qué me importan a mí todos sus sacrificios?’,
dice el Señor.
Estoy harto de holocaustos de carneros
y de grasa de becerros;
ya no quiero sangre de toros, corderos y cabritos.

¿Quién les ha pedido que me ofrezcan todo eso
cuando vienen al templo para visitarme?
Dejen ya de pisotear mis atrios
y no me traigan dones vacíos
ni incienso abominable.
Ya no aguanto sus novilunios y sábados
ni sus asambleas.

Sus solemnidades y fiestas las detesto;
se me han vuelto una carga insoportable.
Cuando extienden sus manos para orar, cierro los ojos;
aunque multipliquen sus plegarias, no los escucharé.
Sus manos están llenas de sangre.
Lávense y purifíquense;
aparten de mí sus malas acciones.
Dejen de hacer el mal, aprendan a hacer el bien,
busquen la justicia, auxilien al oprimido,
defiendan los derechos del huérfano
y la causa de la viuda’’.
Palabra de Dios
Te alabamos, Señor

Salmo Responsorial
Salmo 49, 8-9. 16bc-17. 21 y 23
R. (23b) Dios salva al que cumple su voluntad.
No voy a reclamarte sacrificios, dice el Señor,
pues siempre están ante mí tus holocaustos.
Pero ya no aceptaré becerros de tu casa
ni cabritos de tus rebaños. R.
R. Dios salva al que cumple su voluntad.
’¿Por qué citas mis preceptos
y hablas a toda hora de mi pacto,
tú, que detestas la obediencia
y echas en saco roto mis mandatos’? R.
R. Dios salva al que cumple su voluntad.
Tú haces esto, ¿y yo tengo que callarme?
¿Crees acaso que yo soy como tú?
Quien las gracias me da, ése me honra
y yo salvaré al que cumple mi voluntad. R
R. Dios salva al que cumple su voluntad.


Aclamación antes del Evangelio
Mt 5, 10
R. Aleluya, aleluya.
Dichosos los perseguidos por causa de la justicia,
porque de ellos es el Reino de los cielos, dice el Señor.
R. Aleluya.


Evangelio
Mt 10, 34–11, 1
En aquel tiempo, Jesús dijo a sus apóstoles: ’No piensen que he venido a traer la paz a la tierra; no he venido a traer la paz, sino la guerra. He venido a enfrentar al hijo con su padre, a la hija con su madre, a la nuera con su suegra; y los enemigos de cada uno serán los de su propia familia.

El que ama a su padre o a su madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a su hijo o a su hija más que a mí, no es digno de mí; y el que no toma su cruz y me sigue, no es digno de mí.

El que salve su vida, la perderá y el que la pierda por mí, la salvará.

Quien los recibe a ustedes, me recibe a mí; y quien me recibe a mí, recibe al que me ha enviado.

El que recibe a un profeta por ser profeta, recibirá recompensa de profeta; el que recibe a un justo por ser justo, recibirá recompensa de justo.

Quien diere, aunque no sea más que un vaso de agua fría a uno de estos pequeños, por ser discípulo mío, yo les aseguro que no perderá su recompensa’’.

Cuando acabó de dar instrucciones a sus doce discípulos, Jesús partió de ahí para enseñar y predicar en otras ciudades.

Palabra del Señor
Gloria a ti, Señor Jesús

Reflexión del Evangelio de hoy

"¿Qué me importa la abundancia de vuestros sacrificios?"
El profeta denuncia sin ambages la hipocresía de un culto religioso que se cree capaz de comprar a Dios y sus favores o, incluso, de engañarle, como si Dios no conociera los corazones. Pero, «¿quién pide algo de vuestras manos para que vengáis a pisar mis atrios?». En realidad, con esta actitud, el hombre religioso se está olvidando que Dios no necesita nada de él, al contrario, que si Dios le da la posibilidad de un trato con él, a través del culto, de la liturgia, de los sacramentos, es para bien de la criatura, sedienta de Dios. Somos nosotros los primeros y únicos que nos engañamos cuando vivimos todo ello desde la mentira y la falsedad.

Que nuestro culto alimenta nuestra vida es fácil de ver. A veces es más difícil reconocer que nuestra liturgia ha de ser también expresión de lo que vivimos. Y que precisamente se dé esta doblez en algo tan ’sagrado’ hace de ello algo especialmente doloroso para Dios: «Vuestros novilunios y solemnidades los detesto; se me han vuelto una carga que no soporto más».

Es la continua tentación del pueblo judío, del hombre religioso por naturaleza, también de cada uno de nosotros. Tranquilizar nuestras conciencias y disimular la exigencia de la vida cristiana detrás de un culto vacío, en unos ritos impuestos e hipócritas mientras el corazón está encerrado en sí mismo, el egoísmo nos absorbe y la justicia o el bien ocupan el último lugar en nuestras preocupaciones.

Celebración y vida han de ir de la mano. El trato con Dios debe iluminar y convertir nuestros corazones. Y nuestra culto a Dios será expresión de lo que vivimos de manera que nuestra vida será una liturgia toda ella y nuestras liturgias estarán llenas de vida.

¿Qué sintonía se da entre tus celebraciones y tu vida? ¿Es el culto y los sacramentos espacios donde se alimenta tu fe y, al mismo tiempo, donde se expresa lo que vives?

"No penséis que he venido a la tierra a sembrar paz: no he venido a sembrar paz"
En la última cena, Jesús les dice a sus discípulos: «Os dejo la paz, mi paz os doy; no os la doy como la da el mundo». Quizá sea esto lo que esté tratando de decir cuando ahora asegura que no ha venido a sembrar paz. Desde luego no ha venido a adormecer conciencias, como hace la paz que nos ofrece el mundo; una paz que no se cimenta en la Verdad y la Justicia, sino en la evasión, en el egoísmo tranquilo que no se complica. No. Desde luego, Jesús no ha venido a traer esa paz. Todo lo contrario. Aquel que se hace discípulo suyo, aquel que se encuentra verdadera y existencialmente con él se siente irremediablemente urgido a hacer de él el centro, medida y razón de todo lo demás, también de sus relaciones, complicándose muchas veces la existencia, al menos a los ojos del mundo.

Cuando dejamos que sea la fe y la búsqueda de la voluntad de Dios las que marquen nuestro camino, muchas veces experimentamos la guerra, incluso en nuestro interior. Una batalla entre nuestra mundanidad práctica, tranquila y egoísta, y la fidelidad a una llamada interior que no se conforma, que anhela la Verdad y la coherencia. Es esa la guerra que provoca Jesús. Una guerra donde los enemigos de cada uno serán los de su propia casa. El encuentro con Jesús, con su Palabra, cada día, pone patas arriba nuestra comodidad, nuestro letargo y nos hace enfrentar batalla con nuestras propias mundanidades asumidas.

Y, también, este primer lugar que reclama Jesús nos puede enfrentar en nuestras relaciones. No porque él desprecie la unidad familiar o los lazos humanos. No se trata aquí de un descartar entre lo que amamos y lo que odiamos, no está pidiendo ser el único en nuestras vidas, sino el primero. Es un poner de manifiesto lo que en nuestra vida ocupa el primer puesto, y resituar desde ahí lo que es secundario o, mejor dicho, lo que está en función de esa prioridad. Se trata de un orden distinto y más profundo de enfocar los vínculos humanos.

En su propio recorrido biográfico Jesús vivió esta pertenencia a Dios sin despreciar a quienes eran sus padres. Al ser hallado en el templo, siendo un adolescente, ya les recuerda: «¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?» y, aun más, a la mujer espontánea que bendice a María por su maternidad biológica, Jesús especifica: «Dichosos más bien lo que oyen la Palabra de Dios y la guardan».

Los lazos de la carne son muchas veces débiles e insuficientes. Lo hemos comprobado con frecuencia. Compartir genes o caracteres no basta para conservar la paz y la unidad entre los miembros de una familia o sociedad. Lo que san Agustín refirió a María en su relación con Jesús, su hijo, se puede aplicar a cada uno de nosotros en nuestras relaciones humanas: Más dicha le aporta el haber sido discípula de Cristo que el haber sido su madre.Los lazos de la fe sostienen nuestras relaciones con mucha más fuerza, profundidad y solidez que cualquier vínculo meramente humano. Y así como es particularmente dolorosa la soledad de quien se siente incomprendido por sus familiares en la vivencia de su fe, así es especialmente fuerte y poderosa la comunión que se da cuando compartimos la fe y la misma búsqueda de la voluntad de Dios, la misma condición de discípulos, con quienes ya compartíamos el ADN, el carácter, las aficiones, preocupaciones o gustos.

En este hacer de Jesús el centro de nuestra vida no desaparecen el resto de realidades de las que él supo disfrutar y de las que nosotros también estamos llamados a gozar, sino que se resitúan correctamente en función de este orden de prioridades. Esta es la cruz que nos invita a cargar: la soledad e incomprensión que se derivan de la opción por la coherencia y radicalidad. En esto consiste el hacerse digno de Él: en la audacia que rompe con las medias tintas y se atreve a optar por él. Porque la tentación es no llegar a elegir nunca nada ni a nadie para mantener abiertas todas las posibilidades indefinidamente. Ese es el querer ’guardar la vida’, sin arriesgar, sin optar, ni decidir. Peroquien la pierda por él, quien no le anteponga nada a Cristo, aun a riesgo de complicarse la existencia, la encontrará.

¿Cuál es el orden de tus prioridades? ¿En función de qué se ordenan tus decisiones y tus relaciones? ¿Quién o qué ocupa el primer lugar?

Sor Teresa de Jesús Cadarso O.P.
Monasterio Santo Domingo (Caleruega)


Ver nota completa...

Escríbe al autor

Escribe un comentario directo al autor

Suscríbete

Recibe en tu correo la información más relevante una vez al mes y las noticias más impactantes al momento.

Recibe solo las noticias más impactantes en el momento preciso.