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Todo lo que vive, lucha. "la necesidad de la guerra justa".


Los pueblos crecen y se hacen grandes y maduros al golpe de sus luchas a través de la historia. Y esa lucha es dolorosa, pero inevitable y sagrada; es la que va forjando el futuro por más que pacifistas de etiqueta y sabios de salón se empeñen en hacer un mundo sin guerras.

Todo lo que vive, lucha. "la necesidad de la guerra justa".

Enero 31, 2018 17:49 hrs.
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Mucho se ha hablado en contra de la guerra. Pero evidentemente no todo es negativo en ella. Es en la lucha donde se remueven las más profundas vetas de la personalidad de los pueblos; es en la lucha donde aflora lo mejor de sus valores y lo peor de sus defectos; es en el momento supremo del «ser o no ser» cuando se ve lo que en realidad contiene un pueblo y lo que guarda celosamente como tesoro no de todos los días.

Más antiguo que el deseo de paz es el deseo de guerra. Paz es cesación de lucha; paz es el reverso de un estado exacerbado de actividad y combate por la existencia. La ausencia de lucha es la «paz», es decir, paz es falta de algo. Todo lo que vive, lucha.

La guerra es una amplificación gigantesca del espíritu de los pueblos y de los hombres, en la que afloran vivencias ocultas. En ella no solamente hay el significado de un conflicto entre dos gobiernos o entre dos pueblos: hay también significados más profundos e invisibles; quizá por eso es una necesidad esporádica de los pueblos y de la humanidad misma. No simplemente por un capricho irreflexivo, sino por una necesidad potente y misteriosa, es por lo que grandes masas de hombres en la plenitud de su existencia salen al encuentro de la muerte.

Por muchos motivos es lamentable que el deseo de guerra sea tan antiguo como el deseo de paz, pero esto es un hecho. A veces la paz es cesación de lucha, aunque no paz verdadera. No siempre la paz es esencialmente perfecta, y de ahí que se haya dicho que todo lo que vive, lucha.

En muchas ocasiones la guerra ha sido una amplificación gigantesca de un conflicto o de un espíritu de lucha; a veces encierra significados profundos e invisibles que arrastran a grandes masas de hombres, pese a lo terrible que es la guerra. Todos los horrores y el dolor que ésta encierra no han sido suficientes para hacer nacer el Espíritu de una Auténtica Paz, que sería la Verdadera, la lograda por Dentro del Espíritu, no convenios o tratados siempre expuestos al fraude o a la traición.

Paradójicamente, pese a sus cenizas de destrucción, la guerra es también creadora. No fueron sólo los reposados y sabios senadores los que forjaron el Imperio Romano, sino la espada de César y el empuje de sus legiones; no fueron sólo los siete sabios de Grecia los que hicieron de Grecia el corazón de una época y de una civilización, sino el arrojo espartano de sus guerreros.



Los pueblos crecen y se hacen grandes y maduros al golpe de sus luchas a través de la historia. Y esa lucha es dolorosa, pero inevitable y sagrada; es la que va forjando el futuro por más que pacifistas de etiqueta y sabios de salón se empeñen en hacer un mundo sin guerras. En la naturaleza todo es lucha y el hombre no puede sustraerse de la vida superior de la cual es apenas trasunto y brizna.

En el campo de batalla se descorre toda cortina de diplomacia; dejan de ser válidas las apariencias, la palabrería insidiosa y el doblez político y sólo queda en pie la profunda y auténtica voluntad de la lucha, el peso de la convicción, el valor del sacrificio para morir por lo que se proclama.

Ahí sólo rige la entereza de marchar hasta el final; ahí se esfuma lo que era apariencia vocinglera y se libera de ropajes engañosos lo que era auténtica realidad. Por más que los intelectuales se empeñen abstractamente en afirmar lo contrario, la fuerza de las armas en guerra es un hecho solemne e incontrastable; siniestro, pero grandioso. Que los países desarmados hablen de pacifismo vestidos de frac y que ensalcen el derecho internacional, como el máximo coordinador entre los pueblos, es tan explicable como que el gusano menosprecie la rapacidad del águila y como que el haragán adule a los que puedan arrojarle algunas migajas. Pero todo pueblo con sanos instintos no rehúye jamás el sacrificio de la lucha suprema para asegurar sus derechos que ninguna ley internacional le garantiza. Así ha ocurrido en toda la historia de la humanidad.

Para los pueblos jóvenes y fuertes la guerra siempre ha sido siniestra, pero honrosa; sombría y trágica hasta el extremo de la miseria y de la muerte, pero gloriosa hasta el sacrificio o el brillar de la victoria. En ella el hombre se encara ante la muerte no por el camino desfalleciente de la enfermedad, ni por el apacible sendero de la vejez, sino por la puerta luminosa de un ideal que trasciende los límites personales del individuo y de una generación y vive en los individuos y en las generaciones que aún están por llegar.

A pesar de los pacifistas sinceros o hipócritas —y de los representantes de una época debilitada y en proceso de desintegración— seguirá imperando el relámpago de la espada como signo que escriba en el firmamento de los siglos la historia profunda y arcana de las culturas.

Ojala no hubiera sido necesario que las cosas ocurrieran así, pero así fueron, tal vez por alguna razón trascendente que en el futuro pueda llegar a ser superada. Mientras esto ocurre, se ha visto que los pueblos crecen y se hacen grandes y maduros al golpe de sus luchas a través de la historia. En la naturaleza todo es lucha, y el hombre no ha podido sustraerse a este fenómeno. Su milenario anhelo de paz ha naufragado en la injusticia y en la paz falsa, que jamás puede ser definitiva porque carece de la esencia capaz de darle perdurabilidad.

Y así hemos visto de tiempo en tiempo que esa paz aparente se rompe en un instante y reaparece la guerra, con una nueva ilusión de alcanzar la paz verdadera.

Es innegable que "en la guerra muchos espíritus creen encontrar la fórmula suprema de enmendar injusticias, quizá porque en la lucha de vida o muerte sólo queda en pie la profunda y auténtica voluntad del sacrificio para morir por lo que se proclama. Este rasgo confiere a la guerra un aspecto grandioso, porque en ella muchos hombres se entregan a la lucha sacrificándose por las generaciones que aún están por llegar.

Ese rasgo ha sido el relámpago de la espada que ha escrito en el firmamento de los siglos la historia del dolor de muchos pueblos en su camino —hasta ahora infructuoso— por alcanzar la paz verdadera, basada en la justicia.

SALVADOR BORREGO – ’Derrota Mundial’ Editorial Casa de Tharsis 2013 – Págs 145-147

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